Bimba Bosé y el odio: Lo que Twitter muestra de nuestra propia sociedad

Por Xiana Siccardi

El fallecimiento de Bimba Bosé hace una semana es el punto de partida de esta nueva oleada de conversaciones sobre el odio en redes sociales. Bimba Bosé, fallecida con 41 años a causa de un cáncer ha sido recordada con cariño por miles de personas, pero con su muerte han aparecido, también, tuits sorprendentes. Por un lado, los de personas de ferviente catolicismo que quisieron trasladar a un dolido Miguel Bosé que el cáncer es el castigo de la homosexualidad. Por otro, los de personas que han tuiteado auténticas aberraciones con mención a la familia Bosé con una crueldad que, honestamente, yo no había visto en bastante tiempo.

andrea_y_bimbaDurante estos últimos días he leído algunos de esos tuits –los originales, no los mutilados por muchos medios de comunicación en la lógica de no contribuir a su difusión- a personas de mi entorno profesional y en todos ellos la impresión ha sido muy grande y diferente de la versión light. “¿Realmente hay gente que ha podido escribir esto?”. Sí. Cualquiera con un conocimiento básico del 2.0 puede dar con ellos.

Medios de comunicación como La Vanguardia (El triunfo del morbo en la red), El Mundo (Acoso, trolls y violencia: cómo el odio envenenó las redes sociales) o El Periódico de Catalunya (Los Bosé, ante el pelotón de fusilamiento), entre muchos otros, han dedicado estos días interesantes análisis y perspectivas al respecto.

La mayor aportación que nos ha dado Twitter ha sido la capacidad de obtener una libertad de expresión sin límite y la creación de un interesantísimo foro de debate intelectual que se comprobó, por ejemplo, en su protagonismo durante el 15M o en la Primavera Árabe; ahora mostrando in situ la situación de refugiados o denunciando las matanzas de Estado Islámico. También ha logrado marcar la agenda política en no pocas ocasiones y, en muchas de ellas, también la del entretenimiento, ya que la capacidad de un programa de TV de ser trending topic cuenta de manera importante en sus informes de audiencia. Es decir, de influencia.

Su aportación más agria es que nos ha mostrado como somos y descubrimos que hay muchas personas que se expresan de formas –continente y contenido- que creíamos extintas. Algunas son ocasionales. Pero otras suponen un furibundo linchamiento incesante que puede provocar un enorme dolor. Lo explica hoy Iñako Díaz-Guerra en El Mundo: El 38% de los tuits son escritos con la intención de molestar, insultar o amenazar a alguien, según un estudio de la Universidad de Texas. Otra investigación, ésta en la Universidad de Beihang (Pekín), señala la emoción más común y que más rápido se propaga en Twitter: la ira”.

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La película “El retrato de Dorian Gray”

Desde los faraones egipcios a Maquiavelo o a Jeckyll y Hyde, el ser humano siempre se ha preocupado por la dualidad entre lo que parece y lo que es. Entre lo que es y lo que quisiera ser. Entre lo que se dice y lo que se hace. Recuerden la frase de Oscar Wilde: “Dale una máscara a un hombre y te dirá la verdad”. Y eso es lo que hace Twitter: mostrar lo que somos. Esta red social aparecida en un momento álgido de crisis, desencanto y ahogo económico de millones de personas nos muestra una rabiosa carga contra instituciones, partidos políticos y modelos económicos, religiosos, sociales, deportivos o artísticos, a los que se devuelve con esa ira la corrupción, la pobreza, la ausencia de éxito y el futuro incierto.

Obama lamenta las “burbujas sociales”

Pero una cosa es ser crítico y otra ser un troll. Hay varias razones que explican episodios como el linchamiento a los Bosé:

– Las redes sociales no han ampliado o enriquecido, necesariamente, nuestros puntos de vista. En otro post ya mencioné un brillante análisis publicado en The New York Times (En internet la verdad no es como la pintan) que explica perfectamente la manera en que un mayor acceso gratuito a medios de comunicación de todo el planeta no ha influido proporcionalmente en nuestra amplitud de miras. Más bien al contrario, tendemos a buscar en redes sociales y medios de comunicación visiones que se parezcan a las nuestras para ratificarlas. Barack Obama, en su último discurso como presidente de los Estados Unidos, ya advirtió de las social bubbles (las burbujas sociales): “Es fácil permanecer en nuestra burbuja social. Nos volvemos tan seguros en nuestras burbujas, que empezamos a aceptar la información, sea verdadera o no, que se ajuste a nuestras opiniones”.

– La despersonalización del otro. Hay muchos estudios sobre ello. El experimento de la cárcel de Stanford o el experimento Milgram –grandes éxitos de la investigación sociológica del siglo XX en Estados Unidos- ya nos mostraron que nos cuesta menos dañar a aquellos que no conocemos personalmente, o a aquellos a quienes no vemos sufrir como resultado de nuestras acciones directas. Los conflictos bélicos se basan en esto. El enemigo es el otro. Hay que destruir al otro. Porque se lo merece por ser el otro, el diferente, el inferior, el equivocado y, por tanto, legítimamente despreciable. En cambio –esta es la parte buena- éstos y otros experimentos conductuales también nos han mostrado que cuando vemos con nuestros propios ojos el sufrimiento que causamos en otras personas, tendemos a obrar hacia ellas con mayor compasión. Es decir, la ausencia de empatía es el caldo de cultivo del odio.

Por eso es un acierto la campaña de este mes de Mediaset contra el acoso escolar, protagonizada por El Langui. El spot, lejos de subrayar el papel de la víctima -teniendo en cuenta que siempre acostumbra a ser la estigmatizada con un cambio de colegio- opta por empoderar a los chavales pasivos convirtiéndoles en “valientes”:

– Los problemas éticos (y empresariales) de Twitter. La barra libre de trolls es el principal problema de Twitter y sus responsables lo saben. De hecho, la plataforma, pese a estar valorada en unos 15.000 millones, no ha sido adquirida todavía por un grupo importante. Meses atrás, Disney y Salesforce.com se lo plantearon, pero abandonaron, precisamente, debido a sus dudas sobre estos problemas. Porque los anucios de mano dura de Twitter contra los acosadores y los mensajes injuriosos no ha sido suficiente. Porque la opción de bloquear a un usuario no soluciona el asunto, sólo logra que no lo veamos. Una posible solución planteada ha sido la verificación de las cuentas. Pero, en caso de hacerlo, ¿cuántos millones de cuentas falsas o maliciosas perdería Twitter? Eso son pérdidas para una empresa. Cabe recordar, además, que en el caso de compañías afincadas en Estados Unidos, la primera enimenda de la Constitución garantiza una libertad de expresión casi sin límites.

– El fracaso del consenso social. Las redes sociales han puesto al descubierto conductas que creíamos ya no formaban parte de nuestra realidad. ¿Qué es el consenso social? Por ejemplo, estar todos de acuerdo en que no se puede justificar el maltrato, ni la esclavitud, ni la trata de blancas, ni mofarse de una discapacidad, ni aplaudir al adolescente que regala una galleta rellena de pasta dentífrica a un mendigo. Creíamos que esto ya no sucedía. O que sucedía menos. Pero ahora vemos que sigue ahí. Y bastante. Más primitivo de lo que pensábamos. Menos residual de lo que creíamos. Lo bastante como para arruinar carreras o reputaciones, como para generar ansiedad y otros trastornos psicológicos y, en casos muy extremos, impulsar un suicidio adolescente como resultado de un permanente acoso. Como Dorian Gray al contemplar aterrado la verdad de su retrato, así nos sorprendemos cuando alguien tuitea cosas terribles sobre el cadáver de Bimba Bosé.

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Qué dice el Código Penal sobre el odio online

Con el Código Penal en la mano, los linchamientos online relativos al odio están tipificados en el artículo 510. De manera resumida, la ley (la versión íntegra, aquí) dice que “serán castigados con una pena de prisión de uno a cuatro años y multa de seis a doce meses quienes públicamente fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo, una parte del mismo o contra una persona determinada por razón de su pertenencia a aquél, por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia, raza o nación, su origen nacional, su sexo, orientación o identidad sexual, por razones de género, enfermedad o discapacidad”.

Y en su apartado tercero, el Código Penal apunta que “las penas previstas en los apartados anteriores se impondrán en su mitad superior cuando los hechos se hubieran llevado a cabo a través de un medio de comunicación social, por medio de internet o mediante el uso de tecnologías de la información, de modo que, aquel se hiciera accesible a un elevado número de personas”.

Por tanto, los tuits contra la homosexualidad en la familia Bosé que hoy investiga la Fiscalía como susceptibles de ser un presunto delito de odio podrían tener un castigo que oscilaría entre los 2,5 y 4 años de prisión para sus autores. Aquí reside el epicentro del debate. ¿Es desproporcionado que alguien pierda su libertad –la medida más extrema de nuestro sistema penal- por expresar una opinión en una red social, por desafortunada que sea? En términos generales, la realidad nos está diciendo que por publicar un comentario ofensivo no se va a la cárcel. Pero, automáticamente, aparece quien considera que esa impunidad empeora la situación. Y así, en un bucle infinito.

Creo que es un error matar al mensajero. Lo que ha hecho Twitter es mostrar la realidad de nosotros mismos y de nuestra sociedad. Concretamente, los fracasos de nuestra sociedad. Y eso es lo más importante. Por tanto, seamos optimistas y agradezcamos la existencia de esta plataforma y otras redes sociales, porque nos han permitido descubrir que no somos tan geniales como pensábamos y que aún nos quedan muchos logros por alcanzar.

Xiana Siccardi es directora de Audiovisual, Social Media e Influencers en SOMETHING TO SAY

Copyright imagen Bimba Bosé: Autora: Ester1213 (CC)